En Ecuador, 1.289 bebés murieron antes de nacer en 2024, según el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INEC). Detrás de esta cifra hay historias poco contadas y funerales sin flores. En los hospitales, el dolor a menudo se archiva, se despacha y se silencia, dejando a las familias enfrentando la pérdida en soledad.
La investigadora María Teresa Benavides Borja recopiló 230 testimonios de madres y padres que perdieron a sus hijos en instituciones del sur de Quito. Su estudio reveló una mezcla de protocolos médicos estrictos y abandono emocional: muchas mujeres recibieron la noticia sin contacto visual y otras fueron llevadas a habitaciones donde el llanto de recién nacidos ajenos hacía imposible procesar la pérdida. “El hospital cumplió con su parte médica, pero no con la humana”, señaló Benavides.
El duelo perinatal sigue siendo un tema tabú, incluso dentro de los equipos de salud. No existen espacios de acompañamiento ni formación psicológica para ayudar a los padres. Muchas madres reciben el alta sin haber comprendido completamente lo ocurrido, aunque tienen derecho a solicitar los restos de su hijo, incluso en casos de aborto espontáneo.
Algunos hospitales han comenzado a implementar espacios como la Sala Mariposa, donde las familias pueden despedirse de su bebé, tomar una foto, escribir una carta o encender una vela. “No cura, pero alivia. Permite nombrar al hijo y dar sentido al vacío. Es la diferencia entre una herida que supura y una cicatriz que enseña”, afirma una enfermera que acompaña estos rituales.
El estudio propone además incluir módulos de acompañamiento emocional en la formación médica, enseñando empatía, escucha activa y contención. Gestos simples que pueden aliviar el sufrimiento de los padres. “El dolor no se borra, pero se puede acompañar. El duelo no debe vivirse en soledad”, concluye Benavides.
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