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Un sueño americano que sabe a angustia, según un migrante ecuatoriano

“Hola, mamá, mira, sé que es tarde y debes estar durmiendo, pero me lo he pensado y ya no aguanto más. Perdóname, perdóname por lo que voy a hacer, es que tú no sabes cómo me siento. Compraré los boletos la semana que viene para regresarme. Los veo pronto, los amo”, explica en un mensaje de voz Juan; un ecuatoriano de 33 años que luego de viajar desde Ecuador, vía terrestre, hacia Estados Unidos, “no piensa en otra cosa que volver” a su país, pese a estar consciente de que el país “tricolor se está cayendo a pedazos”.

El mensaje de voz llegó al número de su madre, Mariana, a las dos y media de la madrugada. Duró tan solo 30 segundos, lo suficiente para que “mi calma” desaparezca, cuenta a este Diario la mujer de cabello blanco. No lo concibe, no entiende la decisión de Juan, y tiene cómo justificar el rechazo a la decisión, pues dice que él “viajó más de 40 días, a pie, en caballo, bote, autobús. Se enfermó, le robaron, lo golpearon, lloramos juntos al teléfono, hasta que logró llegar. Sufrió tanto pero lo consiguió, pero nada de eso importa a la hora de pensar qué es mejor, si aquí o allá. No quiero que vuelva, aquí la cosa va de mal en peor. Sé que es cuestión de tiempo”, explica la mujer, mientras intenta recobrar la voz porque ha quebrado en llanto.

“No puedo, es una agonía desde que no está. Yo sé que pronto estará bien; él es bien trabajador”, augura mirando de lejos la estatuilla de la virgen María que tiene colgada en una de las paredes de su casa; una muy pequeña y de construcción mixta ubicada en el centro de Guayaquil; ciudad en la que, hasta el 13 de marzo pasado, el crimen organizado asesinó bajo la modalidad de sicariato a 424 personas. El doble de muertes si se compara con cifras de 2022.

La familia de Juan, quien desde que se fue de Ecuador “no hace otra cosa” que recular en la idea de vivir el sueño americano por el que, solo en los dos primeros meses de 2023, llevó a alrededor de 46 mil personas de diferentes nacionalidades a cruzar la selva de Darién, que limita a Colombia de Panamá; con el objetivo de llegar a Estados Unidos y tener días mejores. “Tengo tantos mensajes como ese, y trato de entenderlo. Debe ser muy difícil no tener a nadie allá, él extraña a sus hijas, a mí, a su esposa, a todos. Tengo miedo que cometa una locura por la depresión o se enferme”.

Juan es uno de los miles de ciudadanos migrantes que viven en los refugios que concede el estado americano. A él le tocó en la división de solteros. Cuenta que tiene hora máxima de llegada, les dan comida y asistencia médica, de necesitarla. Pero hay cosas por las que sufre. “He conseguido trabajo, claro que sí. Muchos trabajos. El primero fue en un restaurante italiano, lavando platos. Cuando lo conseguí me imaginé a mis hijas aquí, a mi esposa, a mi mamá. Iba muy emocionado a trabajar, me aprendí las calles para aprender a agarrar el tren. Viajaba muchas horas, lo hacía feliz. Duré una semana y se me fue al piso el sueño americano. Cerraron el local por la temporada de frío y me quedé sin trabajo”, cuenta en una llamada Juan, mientras camina por las calles de Nueva York en busca de trabajo. La conexión con él es intermitente, pues cuelga cada vez que ingresa a un comercio o restaurante a solicitar trabajo de ‘posillero’.

“Aló, ahora sí puedo hablar. No me dieron el trabajo porque estoy cojo, es que hace unas semanas trabajé en construcción, saqué el permiso y todo, pero a los días me enterré un clavo en el pie y me echaron como al perro de la obra. Ya fui a un hospital a inyectarme y todo bien, pero aún me duele un poco y cojeo. En este restaurante me dijeron que necesitaban a un posillero y me iban a contratar, pero para sacar la basura y estar parado lavando platos, me dijeron que no puedo estar enfermo o con el pie así; así no soy de mucha ayuda aquí (se ríe)”.

Juan cuenta que durante los seis meses que lleva en Estados Unidos ha logrado trabajar en cinco empresas. En la que más duró, detalla, fue en una empresa de limpieza. “En esa me pagaban bien, aunque no lo suficiente para alquilar un departamento porque aquí son caros, uno chiquitito me costaba como 800 al mes. Si salía del refugio para vivir aparte se me iba el sueldo. Aunque no importa cuánto te paguen en un trabajo, se necesita de dos para lograr mantenerse aquí. Todo es caro, la vida es cara. Lo complicado es la inestabilidad. Acá nada los detiene antes de echarte del trabajo, porque se trabaja por horas y ya. No es como en Ecuador que te hacen un contrato y te aseguran. Acá, para quienes no tenemos papeles aún, las oportunidades son informales”.

Mariana llama todas las mañanas a su hijo para “darle la bendición” y que sus hijas puedan verlo siempre: “Cuando nos despedimos en el terminal terrestre, antes de agarrar el bus que lo lleve hasta la frontera con Colombia, él me hizo jurarle que cuidaría a las niñas y que lo llamaría siempre para que ellas, mientras crecen, lo vean. Eso hago, sé que estará bien”.

Juan narra que ha sufrido robos dentro del refugio por parte de otros ciudadanos migrantes, que no se alimenta bien porque sale desde muy temprano a buscar trabajo y cuando vuelve no alcanza los horarios de comida. Reconoce que es “mucha bendición” que él haya logrado entrar al país y que este le dé refugio, pero, recalca, mientras se detiene en una de las vía de la ciudad norteamericana, que piensa “todos los días en lo que fue mi país y lo feliz que era junto a mis hijas y mi esposa, a pesar de que no teníamos mucho dinero, estábamos juntos”, dice al teléfono, con la voz entrecortada. Se da un tiempo en silencio y los últimos segundos de la llamada pide que le permitan dejar un mensaje a su familia: “Acá se viene a trabajar y lo hago feliz, aunque todo sea tan inestable y desolado. No tener a los míos me mata de a poco”.

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