Han pasado casi diez años desde el devastador terremoto del 16 de abril de 2016, pero en Muisne y Chamanga, en la provincia de Esmeraldas, las huellas de la tragedia siguen más vivas que nunca.
El sismo, de magnitud 7,8, dejó una profunda destrucción en la Costa ecuatoriana, con cientos de fallecidos y miles de viviendas afectadas.
En Muisne, al menos 803 viviendas resultaron afectadas y unas 110 colapsaron completamente. Aún hoy, algunas estructuras permanecen en ruinas o con señales de haber sido abandonadas tras el desastre.
Testimonios de moradores revelan que el trauma sigue presente. Familias recuerdan cómo sus casas se desplomaron en cuestión de segundos, obligándolos a huir entre el lodo, la oscuridad y el temor de un posible maremoto.
En Chamanga, la situación no es muy distinta. Aunque se construyeron alrededor de 320 viviendas para damnificados en zonas más seguras, muchas familias han optado por regresar a áreas de riesgo cerca del mar debido a la falta de empleo y oportunidades.
Incluso, hay casos de personas que aún viven en condiciones precarias, utilizando carpas o estructuras improvisadas, mientras esperan que la reconstrucción continúe o se reactive.
La reubicación impulsada por el Estado no logró consolidarse completamente. En sectores como la “nueva Chamanga”, varias viviendas permanecen vacías o subutilizadas, reflejando problemas de planificación y falta de servicios básicos.
Además, la actividad económica se vio golpeada. Comerciantes y pescadores perdieron sus herramientas de trabajo, y algunos optaron por migrar a otras provincias ante la falta de oportunidades.
A pesar de ello, la población ha demostrado resiliencia, reconstruyendo poco a poco sus vidas, muchas veces con recursos propios y sin el apoyo suficiente del Estado.
Este panorama evidencia que, aunque el país avanzó en ciertas zonas tras el terremoto, existen comunidades que aún esperan una reconstrucción integral y sostenida en el tiempo.






