El entrenador de la selección ecuatoriana, Sebastián Beccacece, cerró el 2025 con un mensaje emotivo, cargado de palabras nobles: gratitud, humildad, valentía, fe en los procesos. Un discurso prolijo, casi de manual motivacional, que funciona bien en redes sociales y conecta con una parte de la afición. Sin embargo, cuando se pasa del texto a la cancha, la lectura resulta bastante menos poética.
Sí, Ecuador terminó segundo en la eliminatoria sudamericana. Sí, jugará su quinto Mundial. Pero conviene poner las cosas en su justa dimensión: esta clasificación no es la obra de un entrenador iluminado, sino el resultado de una generación de futbolistas que compite y destaca en ligas de élite. Son ellos quienes llevaron a Beccacece a su primer Mundial como técnico principal de una selección, y no necesariamente al revés.
Desde su llegada en septiembre de 2024, tras la salida de Félix Sánchez, el proceso de Beccacece ha estado marcado más por las dudas que por las certezas futbolísticas. Ecuador sumó puntos, es verdad, pero nunca terminó de construir una identidad ofensiva clara. El equipo sigue adoleciendo de creación de juego, le cuesta generar ventajas en campo rival y depende en exceso de las individualidades y de la fortaleza física, un sello que ya existía antes de este cuerpo técnico.
Las críticas no han sido gratuitas ni caprichosas. Convocatorias difíciles de explicar, extremos llamados para luego pasar partidos enteros sin ser utilizados, futbolistas improvisados en posiciones que no dominan, mientras otros nombres quedan sistemáticamente fuera del radar. Más que una competencia abierta, se ha percibido una sensación de ideas fijas, de un cerco que no siempre dialoga con la realidad del rendimiento.
El discurso del “respeto a los procesos” suena bien, pero un proceso también se mide por su evolución futbolística. Y ahí es donde el saldo sigue siendo corto. Ecuador clasificó pese a sus limitaciones creativas, no gracias a haberlas corregido. El segundo lugar en la tabla maquilló carencias que, en un Mundial, suelen pasar factura sin previo aviso.
El Grupo E del Mundial 2026 —con Alemania, Costa de Marfil y Curazao— no permite distracciones ni romanticismos. Mucho menos frente a selecciones que castigan cada error táctico y cada lectura tardía desde el banquillo. La historia ya enseñó en Alemania 2006 que con orden, convicción y decisiones claras se puede competir; pero también dejó claro que los discursos no juegan.
Beccacece agradece a los futbolistas, a la gente, a la vida. Está bien. Pero el verdadero desafío comienza ahora. Ojalá el Mundial no exponga lo que durante la eliminatoria se logró esconder detrás de los resultados. Ecuador ya demostró que tiene jugadores para estar ahí.
La gran incógnita es si su entrenador estará a la misma altura cuando el contexto deje de perdonar.
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