Ni la muerte pone fin al sufrimiento. En Machala, perder a un familiar se ha convertido en una tragedia que no termina con el último aliento, sino que se prolonga en pasillos fríos, trámites interminables y esperas que desgastan el alma.
En el Centro Forense de Machala permanecen retenidos los cuerpos de las más recientes víctimas de la violencia que golpea a la provincia de El Oro: los cuatro hombres asesinados en el barrio Brisas del Mar y el ciudadano acribillado en el sector El Coco.
Mientras las familias ya tienen ataúdes listos, los cadáveres siguen lejos de casa, atrapados entre la muerte y la burocracia.
El Instituto de Medicina Legal, ubicado en el sector San Ramón, se ha convertido en un silencioso corredor del dolor. Rodeado de caminos polvorientos y maleza, el edificio recibe a diario a decenas de familiares que llegan con el rostro marcado por el llanto y el cansancio.
Allí deben identificar cuerpos, completar documentos y esperar turnos que se extienden por horas, bajo el sol o la lluvia, mientras el tiempo parece detenido.
Dentro del anfiteatro, los ataúdes se acumulan como cajas en espera. Esperan ser abiertos para recibir a personas que murieron de forma violenta: en un barrio popular, en medio de un asalto, compartiendo una comida o una bebida.
Todos fueron sorprendidos por sicarios que descendieron de motocicletas o vehículos, dispararon a quemarropa y huyeron. No solo mataron: sembraron terror.
Esta es la cara menos visible de la violencia, la que no aparece en videos virales ni en conteos oficiales. Es la muerte atrapada en formularios, sellos y escritorios, mientras afuera las familias no pueden despedirse, no pueden velar, no pueden enterrar a sus muertos.
El Oro vive una escalada criminal sin precedentes. La provincia dejó de ser un territorio relativamente tranquilo para convertirse en un escenario constante de asesinatos, atentados con explosivos y cuerpos abandonados.
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